Me quedo mirando suavemente esa nieve que se ha depositado en tu pelo. Nieve que trajeron los años y las preocupaciones. Esos años y preocupaciones que juntos compartimos, y sé en estos momentos que lo único que deseo es cerrar los ojos y empezar a soñar.
No necesito nada más que sentir el contacto de tu mano oprimiendo la mía y oír tu suave respiración que me envuelve como la más bella melodía…"
Tú duermes y yo velo, te velo, velo tu sueño. Tus párpados cerrados, los míos abiertos. En la memoria de mis pupilas lo vivido a tu lado. En su imaginación, lo que nos queda por vivir. Entre los pliegues de mi sonrisa mientras te miro, la tuya, y sobre la plata de tus cabellos y los míos, la del rayo de luna que entra por la ventana. A ese rayo se encaraman mis ensueños y en él se elevan por encima del cansancio y la enfermedad de la tierra, hasta depositarnos a ti y a mí allí donde los desiertos mudan la arena en agua y hierba fresca, donde mi amor, un mar, disolverá todas tus preocupaciones, allí donde acariciaré sin tiempo, sin prisas, todos y cada uno de tus sentimientos, acunados por el tarareo de los latidos de mi corazón. En los páramos de la Esperanza.
CALLE QUIMERA
He aprendido a saber tus silencios, a leer lo que callas, a callar cuando buscas lejanías. Sé de las distancias, de los sueños enredados, cabalgados en las ramas de la vida. Y sé de las hojas que volaron y escribieron cada otoño preámbulo del invierno que ahora nos susurra. Conozco los regresos ahítos de esperanza, de besos atesorados, de tactos que palpitan en la piel caducando las heridas. Me serena mirarte, desandar las arrugas y teñir tu cabello con las horas vividas. No imagino el verano sin el sol de tu risa, ni el invierno que nombro, que aguarda en esa esquina, sin tu mano en mi mano resistiendo las lluvias.
Aquel perro se tragó lo que salía de mi hígado sin pestañear, luego se encendió un cigarro y dibujó mi Alma. Solo él era capaz de entender el por qué del agujero en mi sien.............
Quise subirme en la vida, montarla, clavarle las espuelas, extenuarla de tanto vivirla... Pero era caballito de cartón. Quise arder y consumirme en ella, calarme de sus aguas hasta la médula. Pero era fuego que no quema, lluvia que no moja.
Quise nacer mil veces en sus ríos, perfumarme en sus aguas, pero sus remansos eran de rabia, solo había muerte enredada en algas.
Quise creer que las ilusiones eran realidades anticipadas. Pero eran espejos rotos, que devolvían imágenes deformadas. Quise hacer el amor con la Luna, contarle mi historia y en el cielo besarla. Pero prefirió una botella y se fue con el Sol.......borracha.
Quise iluminarme con tus ojos, que fueran faros en la niebla. Pero se perdieron, se cegaron en un sueño.
Quise saber la Verdad, y regalarla al mundo. Pero me engañó la mentira, mi mano derecha perdida. Quise hacer la Revolución y en verdad había ganas, había valor. Pero venció el letargo y ahora solo somos dos.
Quise, en fin, vivir y ahora todo es abono humectante sobre el que crecen los rastrojos de una vida...
En la espesura negra de la noche asoma una luna redondita y blanca, que se mira, curiosa, en el pálido azogue de las aguas del estanque, casi adormecido por el canto tibio de los grillos y la sonatina de las ranas. Lo saca de su plácida somnolencia un repentino murmullo de risas mudas, las de los nenúfares que se mecen en su quieta superficie, anillándola en casi imperceptible ondas. Y es que un esbelto pino ha arqueado su espalda, ha doblado la cintura para asomarse al agua y su reflejo ha robado un beso inesperado al de la luna. Confusa y algo enfadada, teñidas las mejillas de rojo, esconde ella su cara tras una nube, mientras los juncos estiran sus cuellos hacia la orilla para reír con los nenúfares y cuchichear sobre el atrevimiento del pino. Acuden raudas a unirse al parloteo las aguas de una diminuta cascada, que resbalan por las verdinosas piedras atropellándose unas a otras en su alocada carrera, para recomponer enseguida la figura e ir remansándose al llegar al calmo espejo de aguas del estanque, como azoradas por su atolondrado comportamiento.
De repente, un sonido lejano pero cada vez más perceptible corta de raíz todos los murmullos. Es la voz rica, grave y profunda del roncón de una gaita, que se eleva en el aire de forma etérea, irreal, como fundiéndose con él. Callan los grillos, las ranas, las plantas... Todos dirigen ojos, tallos y copas hacia el lugar del que procede el dulce lamento de esa cornamusa, y quedan la vista y la atención prendidas de la oscura silueta del gaitero que se recorta contra la luna en la otra orilla del estanque. Arranca sones tan melancólicos al instrumento que hasta la luna, conmovida, por mejor oírlo saca la cabecita de detrás de la nube. Las notas de la triste melodía se van derramando hasta poblar el aire y cada uno de los escondrijos del bosque, y apagar cualquiera de sus sonidos nocturnos. Todos los seres que lo habitan interrumpen sus actividades, y quedan con los sentidos en suspenso, escuchando el lastimero canto de la gaita. Es tan hermoso e irreal que una de las ranas que chapoteaba en las aguas, intentando embeberse de cada una de las notas que se elevan hendiendo el aire, se sube de un salto en el puentecito de madera que se arquea de orilla a orilla, ese grácil puentecito de madera de todos los estanques de los libros de cuentos.
Los árboles más viejos, ya centenarios, conocen bien esa tonada. Desde que les alcanza la memoria, cada 21 de junio, al dar las doce de la noche, surge del suelo una bruma espectral, blanquecina, que poco a poco se va oscureciendo y materializando en la figura de un gaitero, solo una sombra, que camina lentamente hacia la orilla del estanque, siempre el mismo lugar, para interpretar la misma canción. Una vez terminada ésta, la sombra se va desvaneciendo poco a poco, hasta parecer que todo ha sido solo un sueño.
Al extinguirse los últimos ecos de la gaita, el bosque comienza a salir del estado de ensoñación en que la melodía lo había sumergido, y poco a poco va regresando la actividad habitual a esas horas de la noche. Las jóvenes flores, curiosas y excitadas, preguntan a los árboles centenarios por lo que acaban de ver y escuchar. Y estos les cuentan que siglos atrás la mujer del gaitero murió ahogada en aquellas aguas cuando huía de guerreros del clan con el que el suyo estaba en guerra. Enloquecido por el dolor de su pérdida, el marido se estuvo acercando durante años a la orilla del estanque el día del aniversario de la muerte y tocaba aquella pieza, la favorita de su esposa, con la vana esperanza de que ella, al oírla, surgiera de las profundidades y se reuniera con él de nuevo. Hasta que en una de aquellas ocasiones, comprendiendo que jamás lograría ver de nuevo a la mujer que tanto amara, se suicidó en aquel mismo lugar. Y fue condenado a que su sombra se materializara una vez al año, el 21 de junio, para tocar aquella canción hasta que terminasen los días del mundo y reviviesen todos los que ahora dormían el sueño de la muerte.
Movían las flores sus corolas, gachas, de uno a otro lado, tan apesadumbradas como el resto de sus contertulios. Incluso los que por su avanzada edad ya habían oído al gaitero tocar su lamento otros años y conocían la historia, al escucharla de nuevo no dejaban de sentir en sus corazoncitos una enorme compasión por el desdichado amante. Las expresiones de pesar por su desgracia y de alabanza a la belleza de la tonada que acababan de oír fueron interrumpidas por unas luciérnagas que se aproximaban revoloteando e inundando la escena con su luz.
- ¡Callad, callad...! Pero ¿qué es este alboroto? Se aproxima una niña humana, callad...- gritaban con sus agudas vocecillas.
Inmediatamente los árboles y las flores recuperan la compostura; los nenúfares enmudecen, limitándose a flotar en las aguas de la forma más inocente de que son capaces. Grillos y ranas elevan el tono de su canto para ahogar así cualquier frase indiscreta que pudiese escapársele a algun de ellos, sabedores de lo muy parlanchinas que son estas plantas, y más cuando están excitadas, como ocurría en esos momentos. Las flores se quedan muy quietas y calladas, como si no supieran hablar, algunas incluso cierran los pétalos para parecer que duermen. El vientecillo, tranquilo, peina las ramas de los árboles y mece a los juncos, sin perder de vista con el rabillo del ojo la figura humana que avanzaba con paso rápido hacia el estanque, una jovencita de apenas 12 ó 13 años. Una vez allí, la muchacha saca cuidadosamente de su bolsillo una margarita, y con expresión anhelante comienza a deshojarla sobre el agua. Sabido es que la noche de solsticio de verano, la única en que la magia que una vez poblara la tierra vuelve a llenarla después de que los humanos dejaran de creer en ella y desapareciese, cuando una mujer casadera arroja pétalos de margarita a las aguas de un estanque, estos forman sobre su superficie el rostro del hombre que la amará.
La luz de la luna ilumina el rostro y los cabellos de la niña, sus labios se entreabren en una ilusionada sonrisa y en sus ojos claros se enlazan todos los cuentos mientras contempla cómo los pétalos dibujan poco a poco el rostro de un joven en las quietas aguas del estanque.
De los niños pobres. Agujeros en las mangas, Mugre entre los dedos, Hambre de animal herido, Festejan el nacimiento. No hay globos Ni regalos. Una hoguera De cuatro leños mojados Calienta sin ganas La navidad de los niños Pobres. No muy lejos, Las risas y los juegos Alumbran el pesebre. Nadie pregunta Cómo son los niños Pobres. No gusta Que les muestren Sus miserias. Prefieren, En la misa de Medianoche, Iluminar el sagrario Con velas de colores.
Fernando Giucich (De su poemario: Clara)
Las viejas maderas crepitan junto a los cartones ardiendo. La noche es fría, y allá en el limpio cielo las estrellas titilan, componiendo un mágico decorado.
Manos con guantes rotos dejan ver unos pequeños dedos que se extienden acercándose a la fogata, buscando el calor. En los bolsillos, un trozo de pan mordisqueado, con olor al queso, que hace tiempo desapareció.
Se oyen canciones que rompen el silencio de la noche, y la curiosidad infantil le hace ir en pos del lugar donde suenan.
En aquella vieja calle hay una luz encendida que sale de un escaparate. Junta su nariz al frío cristal, que se humedece con el vaho de su boquita, y contempla maravillado todo lo que en sus sueños cada noche imagina poseer.
Malena
Bajarás la calle con los pies helados
Llevando en tus manos el trozo de pan Y en la plaza vieja del árbol de fuego El cielo y los sueños Te harán capitán De un barco velero con alas de seda Repleto de cuentos donde navegar Siguiendo la estela de la luna blanca Lograrás el puerto Es La Navidad.
El Viento en la Isla.
Alguien mira sonriente al niño, sentado en el cuerno blanco de la luna.
Durante un buen rato ha estado soplando suavemente, para que el aire llevase al pequeño sus palabras disfrazadas en los copos de nieve que caen, en las notas musicales de las risas y en el pentagrama de las canciones que resuenan por la calle.
El chicuelo no sabe por qué, pero mientras encamina sus pasos a la plaza vieja lleva grabada en su retina la imagen de un barco velero que vio en el escaparate, casi oculto entre mil juguetes. Sus ojos se abren con infinito asombro al ver junto al árbol de fuego un enorme barco, réplica perfecta del otro.
El hombre de la luna sopla de nuevo y la nave se eleva, una vez el niño a bordo, surcando aires y nubes, alto, alto, cada vez más alto. La cola de un cometa estrellado aparece repentinamente ante la proa, y por ella desciende la nave hasta aterrizar frente a un humilde pesebre.
Sobre una sabanita, entre pajas, duerme un bebé al cuidado amoroso de sus padres, de un buey y una mula que con su aliento, intentan defender el cuerpecito infantil del frío intenso. La temperatura es muy baja, no hay juguetes, ni globos, ni velas de colores, ni el bebé ni sus padres visten ropas bonitas y abrigadas, pero los labios del niñito dormido se curvan en la más bella sonrisa que nadie haya visto, y la de sus padres, al contemplarlo, no lo es menos.
El barco comienza a balancearse, y el pequeño se apresura a subir. De regreso, en la plaza del árbol de fuego, corre apresurado hacia el escaparate. Su vista escudriña cada uno de los mil juguetes que se muestran ante él, pero… por ningún lado ve lo que busca: una sonrisa. No hay ninguna en la tienda. De repente repara en el reflejo de su propio rostro en el cristal, y es entonces cuando advierte que sus labios dibujan una sonrisa, y que era tan bonita como la de aquel bebé.
Por alguna razón cuando el pequeño se alejaba del escaparate el frío era menos intenso en la noche.
Avalon y Etinarcadia (Calle Quimera)
Por las frías avenidas van caminando, pero no les preguntes ni de dónde vienen ni a donde van. Caminan por sobrevivir. Mientras caminan, saben que están vivos. Sus pasos les llevan, y un instinto casi animal les hace buscar cobijo.
Una chabola destartalada les llama la atención. Dentro hay luz y cuando llegan a la puerta del chamizo se les ensancha la sonrisa. La luz proviene de una hoguera encendida, y en torno a ella, niños y adultos extienden las manos. No es necesario insistir, dónde caben cinco caben siete y todos se apretujan un poco más, que de cuerpo con cuerpo nace el calor.
Las trémulas llamas ponen en sus mejillas color, mientras sus ojos brillan con un oscuro calor. Atraviesan con su mirada las llamas y descubren el silencio que impera allá. Una mujer muy joven y tímida mece en sus brazos a un rorro mientras los demás le acunan con su silencio a su alrededor.Lo envuelve en una raída toquilla, y cerca del fuego lo deposita en un amplio cesto de mimbre.
Es Navidad.
Federico (Quizá soñar)
Sigue la noche, el frío arreció y las estrellas juegan con el crepitar de las maderas, pero alrededor de la hoguera no hay nadie ya.
El barco no vuela atravesando el cielo, los niños de la calle continúan en aquella chabola dando su calor al bebé que nació y que duerme tranquilamente en los brazos de su madre, que lo mira con amor. Calor junto a calor. El padre saca de su vieja mochila, embutidos y pan, que comparten con ilusión.
Las barrigas agradecidas hacen que los ojos se vayan lentamente cerrando. Cuerpos contra cuerpos dan siempre calor. En sus mentes hay barcos que cruzan el espacio. Jóvenes capitanes que los tripulan por un camino cuajado de estrellas.
Sonrisas inocentes en sus labios y corazones llenos de emoción. No hay luces en sus árboles, ni bolas de colores, ni espumillón.
Sólo una vida por delante y un futuro en el que creen que serán capitanes de veleros, y lo conseguirán, y nosotros lucharemos para que algún día puedan decir a sus hijos con un barco de juguete en las manos:
- “Uno de éstos, en una fría noche de diciembre, tripulé yo”.
- “Hijo mío: ¡Feliz Navidad!”
Malena (El Tintero de China)
Fernando Giucich, Elsa (El Viento en la Isla), Avalon y Etinarcadia(Calle Quimera), Federico (Quizá Soñar) y yo, Malena (El Tintero de China), con nuestras manos unidas a pesar de las distancias, os abrazamos con calidez y os deseamos una Feliz Navidad, con todo nuestro corazón.
Ves difusos los contornos de tu vida, tan difusos que ni siquiera se perfilan vagamente los de mañana por la tarde. Ya no haces planes. Tantas veces sueños traicionados... Recoges la última hilacha de ti misma, que malcolgaba del ajado y triste perchero, y la metes en la maleta. En tu bolsillo, un pasaje al paraíso: a Tahití. Como Gauguin... Dejarlo todo e irse. Quemar tu última bengala. Escapar del caos, del marasmo que te asfixia, del nicho de tu soledad, en busca de algo a lo que llamar vida. Hay en aquellos que se van una huida de sí mismos, pero los fantasmas de la memoria, aquellos que nunca llegaron al cementerio del olvido, viajan confortables en el equipaje. Lo fundamental persiste. Nada cambia. El paisaje viste, pero no nos viste de nada que no fuéramos. Lo esencial permanece. Lo mismo en Tahití que en París... Huyes de ti en alocada y ciega carrera hacia ti misma, sin entender que somos círculos cerrados, sin escapatoria. Condenados a nosotros mismos.
Hay quien se va para descubrir y descubrirse, y quien lo hace para huir de sí mismo, olvidando que esto no suele servir para mucho, que en la maleta se nos cuelan lo recuerdos, los miedos, todo cuanto nos atormenta y que pensamos poder dejar atrás al cambiar de paisaje. La geografía de nuestro interior no cambia, sigue siendo la misma por muy lejos que nos vayamos.
Un pez en busca de un río, un alumno sin guru… Así se define Ashbless en su perfil y así es él, alguien que busca, como todos, su sitio en el mundo y aprender lo necesario para hallar ese sitio. El camino nunca es recto, ni llano, hay multitud de trochas y revueltas por donde perderse hasta volver a encontrar de nuevo el rumbo; aprender de forma autodidacta siempre es duro, pero es la única forma. La introspección no es siempre el método infalible para disipar incertidumbres, para espigar de entre aciertos y errores aquello en que realmente acertamos y fallamos para que nos sirva de brújula, pero Ashbless persiste en el empeño, en su aprendizaje, en su buceo interior para hallar la dirección correcta, alguna lucecita que la ilumine de vez en cuando. Como esta, “El vuelo del águila”. Gracias, compañero y amigo, por permitir que tu águila volase hoy por esta calle.
Otra vez asomo en este blog, como el Guadiana, como el buceador que respira entre zambullidas.
El día a día es un viaje. El camino, tan claro o difícil como escojamos. Y aunque atravesemos los más profundos valles, nos sorprende a veces encontrarnos tan altos como el nido de un águila.
Son momentos de claridad, de lucidez, en que nos podemos orientar y redirigir nuestros pasos. Y así evitar los pantanos y precipicios que ya empezabamos a considerar nuestras mejores opciones. Tras cada uno de estos destellos de luz, intentar traducirlos a palabras es perderlos como arena en el río. Queda apenas una huella, la esperanza de que otra cosa es posible.
Es tan posible forzar esta sensación como acelerar un vagón de metro empujando la pared frontal del compartimento. Solo podemos hacer lo contrario, darnos un respiro, disolver las certezas o temores cotidianos, y así abrirnos a otra realidad además de la inmediata.
En nosotros, en todos nosotros, niños, viejos, valientes y derrotados, existe una extraordinaria capacidad para comprender el mundo, para extraer conclusiones propias, libres de los filtros muertos de los medios de comunicación y las mezquindades cotidianas. Para desnudarnos por un instante de ideas y temores. Para mantener los ojos abiertos cuando la vida nos enfrenta al vértigo de la altura. Cuando somos por un instante águilas.
Ya sea en la parada del bus, el duelo por una pérdida, el vacío del éxito o la derrota, tus ojos pueden abrirse, en lugar de permanecer cerrados, atados a los objetos más cercanos. No temas al vértigo, no te matará, solo te mostrará lo que no imaginaste, lo que es también cierto.
Bienvenidos a un espacio mágico y real, donde la utopía puede adquirir más consistencia que la propia realidad. Entre esa caliginosa frontera entre el sueño y la materialidad, donde ni el “sí” ni el “no” sino el “tal vez” sea lo más aconsejable,
discurrimos, como dos lagartijas –una macho y otra hembra- tendidas al sol de la duda... Él –Etinarcadia- , valenciano, y ella –Avalon- , de tierras situadas más al sur, siempre sintieron fascinación por cuanto trasciende el tiempo y el espacio, por universos oníricos en que los sueños son realidades y las realidades sueños, por las estrellas, por los garitos llenos de humo… Y por la música.
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