lunes, 10 de noviembre de 2008

INTERIORES





El día está desapacible; sopla un viento cortante y helador que se clava en la cara como minúsculos cristalillos, y el cielo, enjalbegado en un blanco agrisado, parece confundirse allá en el horizonte con la tierra, tapizada totalmente de una nieve que hoy parece sucia, tan gris como el día. Montañas altísimas nos rodean, sus laderas semejan estar cortadas a pico. Carecen totalmente de vegetación, ¿te has fijado? Resultan incluso amenazantes, elevándose hasta el cielo tan áridas, tan desnudas, tan grises, tan abruptas... Apuntan hacia él como pechos erectos de mujer seca, yerma, desabrida. Los escasos árboles que puntean el terreno en que nos hallamos visten una corteza tan oscura que casi parece negra, y sus ramas, peladas y retorcidas, subrayadas en blanco por la nieve, se contorsionan en formas caprichosas, imposibles. Lo único que rompe este paisaje pintado en gris, casi monocromo, son esos cuervos negros de brillante plumaje que picotean en el suelo y que emiten sus desafinados graznidos intermitentemente.

El sol empieza a asomar tímidamente tras ese jirón que ves en el algodonoso manto blanquigris que cubre el cielo. Pronto éste lucirá un color azul brillante, límpido, precioso, pero gélido, hiriente. El frío se hará más intenso. Algo más allá hay un refugio de montaña muy confortable; ya lo tengo acondicionado para cuando lleguemos. ¿Ves?, está ahí, frente a nosotros. Es esa casita hecha de troncos.

El saloncito es más bien pequeño, y muy cálido; la chimenea está encendida y los troncos chisporrotean y crepitan su conversación, que arropará a la nuestra. Entre esos leños bailotean unas llamas rojas, amarillas; míralas qué alegres... ¿Hueles el humillo?

Frente a la chimenea hay dos sofás pequeños y de asiento más bien duro, como a mí me gustan, tapizados con una alegre cretona inglesa de colores rojizos, ocres, verdes, mostazas, azules... Siempre colores tostados, que recuerdan el ropaje con que el otoño viste los campos. Un sofá frente a otro. Y haciendo U con ellos, frente por frente a la chimenea, un sillón cómodo, no grande, pero sí muy confortable.

Descansando sobre una alfombra no demasiado gruesa, pero cómoda para sentarse sobre ella (me encanta hacerlo en el suelo), hay una mesita de cristal y madera. Pocos muebles, pero sencillos. Uno con muchas estanterías llenas de libros y un hueco para una minicadena, donde suena música suavita, que acunará nuestra conversación.

Es el sitio donde hoy bajaremos la guardia, donde nos sentaremos, a veces en los sofás, uno frente a otro para vernos bien las caras, las mangas remangadas, relajados. En ocasiones será la alfombra la que nos acoja; nos tumbaremos sobre ella a charlar, frente a la chimenea, con las llamas danzando y dibujando caprichosas luces y sombras sobre nuestros rostros.

¿Te apetece un café para calentarnos un poquito? Enseguida lo preparo, siéntate.

Ya casi está.

¿Te gusta el chocolate? Traje bombones de esos pequeños, cuadraditos, para acompañar el café, toma... Mira, el vaho ha plateado las ventanas, y la cafetera nos interrumpe con su resoplar. En su interior, el líquido retinto hierve a borbotones. Lo aparto del fuego con un alarido. ¡Jolín, casi me quemo...! Te sirvo. Me gusta mirarte a los ojos, que mantienes entrecerrados concentrando todos tus sentidos en el aroma que desprende la cafetera. ¡Huele tan bien…! A hogar, a tranquilidad, a confianza, a serenidad. Estiras las mangas de tu holgado jersey y mueves tus dedos para sensibilizarlos. Deja que algo vivo como el café te haga entrar en calor, y olvida la naturaleza muerta de la lana. El chorro vivo, desafiante, salpica anárquico y mancha el mantel mientras lo sirvo. Tiño tu taza hasta que haces un gesto con la mano para que me detenga. Contemplas absorto el magma fluido en ebullición. ¿En qué piensas...? Te llevas el café a la boca, le das un beso fugaz y el sorbo te quema por dentro. Estupidez mía con signo de interrogación: “¿Está caliente?”

“Ven, pruébalo”, me contestas.

A través de la manga de tu jersey sólo sobresalen las falanges de tus dedos, sujetando la taza que acercas a mis labios. Un mechón de mi pelo, caprichoso, quería saciarse en ella. Sí que estaba caliente...

Vente al sofá. He puesto música, temas suavitos de Clapton para que sirvan de telón de fondo a nuestra conversación, pero sin estorbarla. Fuera sopla un viento airado, casi furioso; la nieve cae ahora en copos densos, pesados. Un débil rayo del sol que salió hace un rato pero que ya declina reverbera en ella feblemente, y el frío casi adquiere corporeidad, pero aquí dentro no lo notamos. La salita está tan cálida... Invita a charlar, a liberar el alma de lo que la oprime. Me vas a permitir que apoye la cabeza sobre uno de tus hombros tumbada en el sofá. Ya sabes que soy vaga, y es mi posición favorita. Además, así nuestras miradas no se cruzarán todo el tiempo, y podremos hablar más libremente. ¿Me dejarás que, mientras, mis manos jugueteen con los extremos de tu bufanda? Soy muy nerviosa, lo sabes, y no soporto estar sin hacer nada.

Todo está tan tranquilo... La tarde va declinando lentamente, dejando paso a la noche, la nieve nos rodea, no hay un alma en kilómetros de distancia. Ni casas, ni coches, ni relojes... Las llamas danzan y crepitan alegremente en la chimenea, las piñas que se tuestan entre los leños perfuman el ambiente, la música suena suavemente para nosotros, muy bajito. El combinado de coca cola que acabo de servir calienta nuestra garganta, y el humo del cigarrillo que fumamos despacio, disfrutándolo, nos envuelve trazando con lentitud, voluptuosamente, formas caprichosas, casi sensuales. No cuesta trabajo hablar, todo invita a ello. Las horas transcurren lentas, pero apenas nos percatamos de que los minutos se van deslizando como furtivos entre las sombras. Clapton sigue cantando solo para nosotros. De tu boca van surgiendo casi sin darte cuenta palabras que nunca oíste, que no sabías que existían, pero que estaban dentro de ti y que van dando forma a todo eso que te atormenta hace tanto tiempo, y lo sacan de tu interior. Continúa hablando… Luego, si quieres, bailaremos.


lunes, 3 de noviembre de 2008

CUARTO DE TRASTOS


Siete años son muy pocos para ocupar el trono del mundo, pero así ocurre cuando te sientas en el sillón desvencijado del cuarto de trastos, un sillón de piel verde botella, cuarteada y triste. Un sillón tan grande y tan alto que, a pesar de tener una pata rota que lo hace inclinarse tanto como los muchos años que acumula su viejo esqueleto de madera, hay que realizar verdaderos esfuerzos para poder encaramarse a su asiento, sobre todo cuando tienes un cuerpo pequeño y menudo. Sobre todo cuando esa personilla tiene que ver el mundo a través de los ojos y el corazón de un adulto.

El cuarto de trastos no es la sala oscura de un cine, no existe una pantalla en la que evolucione la vida captada en imágenes y voces, es algo mucho mejor. Es el lugar donde se pueden vivir todas las vidas conocidas a los 7 años. Es el mundo, todo el mundo, el único deseable. Y es posible porque lo construye quien se sienta en su trono roto cuando proyecta su propia cosmovisión onírica en los viejos e inútiles cachivaches que le rodean, y de repente estos toman vida, con la voz y las imágenes fraguados por quien habita ese cuarto. El libro de cuentos cae de las manitas infantiles, y, de pie, sobre el asiento que ya no es asiento sino drakkar vikingo, capitanea la princesa Sigrid de Thule, la eterna novia del capitán Trueno. Y la preciosa botella de cerámica de Curaçao a medio consumir que reposa, junto con otras bebidas espirituosas en el botellero del cuarto de trastos, es ahora una botella de ron. Y el viejo y tuerto pato de peluche despeluchado el loro que la princesa posa sobre su hombro.

El drakkar se encamina al único Edén que nos queda sobre la tierra: a los mares del Sur, limitados en los cuatro puntos cardinales por las paredes del cuarto de trastos. Y toca tierra en una de sus islas, donde la princesa se quedará a vivir hasta que el ángel empuñe su espada flamígera, pasada ya la edad de ser princesa, y la expulse de su paraíso.

Pero sigue habiendo islas en los mares del Sur... Islas como esta:



Y la princesa que ya no tiene edad de serlo se queda a vivir en la música, entre los acordes de las guitarras, en su vientre de madera, con los dedos enredados en sus cuerdas. En los ojos azules del uno, entre sus rizos rubios y ensortijados, y en los oscuros ojos aquilinos del otro, entre los largos cabellos castaños. En la voz desabrida del primero, en la dulcemente endeblita del segundo, a la que ella une la suya, así mismo delgada y dulce. En sus sonrisas y miradas de complicidad.

Pero la vida es como este corte del Concierto de Bangladesh: al igual que en algún que otro instante ocurre con las voces de ambos cantantes, su voz y la del Edén no sincronizan bien. Y al final termina por llegar el ángel de la espada flamígera y arrojar de ojos, cabellos, voz y guitarra a la princesa que ya no lo era.

No importa, hay más islas en los mares del Sur, y tú las vas recorriendo todas, una por una. Solo que cada vez van quedando menos por habitar, y llega un momento en que ya no se espera la llegada del ángel que te expulsará de ella, se va una sola de la isla. Hasta que no quedan más...

Y mientras, la vida y su condena, el pecado y la penitencia siguen transcurriendo fuera del cuarto de trastos, que a veces continúa limitando a norte, sur, este y oeste con los mares del Sur, aunque sea sin islas. Y a veces se convierte en una de esas cajas cuánticas donde nunca se sabe si el gato está vivo o muerto hasta que no la abres. Fuera y dentro del cuarto de trastos a veces reconoces nombres, el de otros, el propio, y descubres que algunos de esos nombres son también como una condena. O no llegas a reconocerlos jamás, ni siquiera el tuyo. Mientras las palomas blancas siguen jugando en su nido, ajenas a pecados y penitencias, a cajas cuánticas, incluso a la agonía de los mares de Sur.


AVALON

lunes, 27 de octubre de 2008

UNIVERSO


Tus lágrimas saben a universo, a universo infinito e insondable, ese al que diriges tus ojos cada noche, lleno de promesas y de traiciones; a esas estrellas que miras e interrogas tan a menudo y que te devuelven una mirada enigmática, puede que irónica a veces, callada, silenciosa, muda a tus preguntas, quizás a tus súplicas...

Saben a soledad inmensa, dulce en ocasiones y amarga en otras. A veces amiga, refugio. A veces insoportable. Esas lágrimas saben a incomprensión, a dolor, a rabia, a tristeza, a impotencia, a vacío, a vértigo... A vida derramada. A caminos sin señales, que no llevan a ningún lado, a tempestades que impiden al barco arribar a ningún puerto y lo zarandean hasta casi hacerlo zozobrar entre un oleaje que aún hacen más tétrico los densos y oscuros nubarrones que lo envuelven... Al polvo que se mete en tu boca, levantado por tus pies al caminar por el desierto. Sí, sé a lo que saben tus lágrimas.

Ese cielo que ves cuando sales a tu terraza a fumarte el cigarrillo que acostumbras, el cielo al que te diriges, no está deshabitado, vacío. En una de esas estrellas, en la que más brilla, llevo meses , fumándome yo también el último Ducados del día y hablándote. ¿Nunca me has oído…?

Y en la isla donde te confinas, si miras, verás mis ojos, si escuchas, oirás mi risa. Tampoco ahí estás solo, es la misma isla en que vivo desde el principio de mi tiempo. Conozco cada recoveco de ella, cada piedra, cada acantilado... Conozco muy bien el sonido del aire que sopla en ella, he probado su sabor húmedo y salado, como el de mis lágrimas. He reconocido esa isla como el único lugar que puedo ocupar en el mundo. Si miras con atención me verás ahí, en tu isla, otra náufraga de la vida. Simplemente, mira bien. Tienes compañía.

miércoles, 22 de octubre de 2008

PAÑUELO


He dibujado tus sentimientos en un pañuelo.
Guardado en mi bolsillo izquierdo, espera la hora del café
para dar un paseo acariciado por mi mano,
un paseo por calles estrechas, esas que nunca pisaron tus pies,
en busca de las señas de tu casa, esa en la que nunca viviste.
Y de tu voz..

Y es que tus palabras se me ausentan y muero por ello,
no estás en tu nombre, que escribo en un cristal,
te deletreo y nada me devuelve el eco.
Tu sonrisa, tan lejos hoy, parece abandonarme en mi soledad deshabitada,
tu mirada siempre sincera se bate en duelo con la tristeza,
y esas lágrimas que me pertenecen se escapan
en infinita inocencia por tus mejillas de niña rebelde.

A veces la vida es un bolsillo, café y muchas lágrimas.
Pero yo creo en ti, mi niña de romero y azahar.
Creo en tus labios moros y en tu hablar sin pausa.
Creo en tu dolor y tu sufrimiento,
y más si cabe en su próxima derrota, sin piedad pero con honor.
Amiga, todo empezó con eso...... fuerza y honor.

Y en eso estamos.





ETINARCADIA

miércoles, 10 de septiembre de 2008

LA PALABRA QUE SE DESTEJE

Hoy, como hace 4 años....

Cuando vienes a mí pequeño,
barquito de papel a la deriva de tus aguas quebradas,
querría encontrar la palabra, contarte que un hombre
ha de tener forzosamente momentos
en que se sentirá débil, tendrá miedo,
se creerá perdido en medio de un oleaje
que rompe contra él con una fuerza inusitada,
cargada de violencia...

Baten contra ti las iras de las aguas bravas,
pero sabe que no barquito de papel
pero roca eres, alta, orgullosa, incierta,
eternamente erguida ante la furia de las olas.

Quisiera decirte que es la
esencia pura de la vida estar vivo,
y sentir en un extremo u otro de la cuerda
que no podemos más, para luego
saborear una felicidad efímera.

Cuando vienes a mí pequeño,
querría encontrar la palabra
que haga asomar luna y estrellas en tu noche
que rompa los hielos de tu alma,
que ahonde en los fríos de tu invierno...

Pero huye la palabra en las alas del crepúsculo
que te envuelve,
la hace yerma el salitre del negro mar
que amortaja tus caminos...
Mejor destejer la palabra, y tejer con sus letras
sonidos, risas, soles, lunas y estrellas.


AVALON

lunes, 25 de agosto de 2008

EL TREN


Sombras blanquinegras, casi fantasmales, envuelven el andén vacío y desangelado en que me encuentro. Los únicos signos de vida somos el vientecillo delgado y helador que corretea por entre las pilastras y las vías del tren, emitiendo silbidos que casi se confunden con los de éste, y yo. Me estremezco, y sé que no es por el frío.

El tren se acerca, lo oigo traquetear sobre los hierros. Es el que estoy esperando. O más bien, el que me espera. No quiero subir, tengo miedo de lo que hay dentro, del destino al que se dirige, pero cuando se detiene ante mí y la puerta de su único vagón se abre, mi mano ase con fuerza la barandilla y me obligo a subir los escalones, uno a uno. He de hacerlo, no hay escapatoria.

En el interior todos los asientos están ocupados por mí, excepto uno: el mío. Un vagón al completo con todos los Etinarcadias que viven dentro de Etinarcadia. Me miro uno a uno, rostros distintos pero con las mismas facciones, mis facciones, que clavan en mí sus ojos y proyectan en mi alma todas las tormentas que los sacuden y los llevan a la deriva a ellos.

En el último asiento pegado a la ventanilla, se acurruca el miedoso. Siento su rabia, la tristeza que le ahoga, ese ligero temblor interior que no le permite relajarse nunca, la mirada perdida en algún lugar más perdido aún de su mente. Lo miro y me veo, y me remuevo inquieto, desasosegado, en mi asiento.

Aparto la vista de él rápidamente, aunque siento la suya clavada en mí, y la dirijo hacia otro lado. Allí está el misionero, el soldado, el guerrillero, el revolucionario que quiso salvar al mundo y no hizo nada. Otra vez la mente me mantiene lejos pero inmóvil.

Continúo buscando un rostro más amable, pero ahí está el sumiso que a todo dice que sí, sin ni siquiera pensar en él mismo. A su lado, el cobarde que se oculta en una falsa bondad o tal vez no tan falsa. No, no es tan falsa, ambos lo sabemos, pero le gusta castigarse, castigarme.


Ahora me veo de pie, rabioso, con los ojos enrojecidos y lleno de ira. Otra mirada y nace una sonrisa forzada, de metal, teatral y fría.

Por fin un grupo alegre riendo de verdad, música, lápiz y papel, vino... Me miran y se desvanecen en el aire. Los llamo desesperado, pero apenas se materializan de nuevo unos segundos para volver a fijar sus ojos en mí y desaparecer de nuevo.

Ninguno de esos Etinarcadias separa su vista de mí, algunos me amenazan, otros me sonríen. Un mar de gestos, miradas, sentimientos, pensamientos, blancos y negros. Y entre todo ello, yo. Qué complicado analizar este ir y venir vertiginoso, qué difícil mirarme a mí mismo y a la vez que fácil reconocerme en todos ellos.

"Esto no lo quiero, esto sí, esto no, esto sí......"


Pero ¿qué me está pasando? ¿Acaso no soy todo lo que estoy viendo? El pánico me invade repentinamente, me doy cuenta de que este tren me está quitando la vida, casi todo en él es tristeza y dolor. Yo no soy así. Que alguien me ayude, quiero escapar de esta mentira de mí mismo. Estoy solo con todos ellos y el tren sigue su camino, sin paradas, sin apeaderos, acelerando la velocidad con destino a ninguna parte.

ETINARCADIA

martes, 12 de agosto de 2008

LA PUERTA



La puerta es verde. Extraño color para una puerta... Querría cruzarla y no me atrevo, no sé dónde me lleva, es posible que al mismísimo infierno. Pero el verde es el color de la esperanza, saco valor de mis bolsillos, mi mano agarra el pomo con fuerza y abro.

Cruzo el umbral y solo hay gris, un inmenso y plano vacío gris que todo lo ocupa y parece flotar en la nada. Pero sobre esa nada, cubriéndola, se extiende hasta el infinito una bóveda oscura,inmensa, tan cuajada de estrellas como una noche de verano. El miedo desaparece para dar paso a la sensación de que conozco ese cielo, de que él me conoce a mí, de que no solo he estado ahí antes, sino de que ahora me encuentro realmente en casa. Recuerdos de un pasado incierto se agolpan en mi mente, pugnando por decirme algo al oído, en susurros sin voz. Me hablan de algo que no conozco, que no entiendo, pero que en algún recóndito lugar de mí sé lo que es. Un pasado que dice que es mío, aunque no forma parte de mi memoria al otro lado de la puerta, y quiero creer que es así, necesito creerlo, volver a un principio, a un pasado, tal vez a un futuro que ya he vivido y añoro profundamente.

Te siento... Siento tu presencia, sé que estás ahí. Miro a mi izquierda; de la nada gris emerge ahora una escalinata que no comienza ni termina en ninguna parte. Son las que Kronos cincelara en los principios de todo lo que existe. Figuras altas, enjutas, envueltas en negras túnicas, cabezas y rostros encapuchados, suben o bajan majestuosos, lentos, los escalones. Son los Señores del Tiempo. La arena de los relojes que llevan en la mano permanece en el bulbo de cristal superior del artilugio, ni un solo grano cae en el inferior.

Más allá, tan lejos que podría tardar eones en llegar pero tan cerca que las veo casi al lado, débilmente iluminadas por una claridad crepuscular, mortecina, que no sé de dónde sale, se levantan a duras penas unas paredes de lo que pudo haber sido una casa, casi un palacio, unas paredes rotas, con los huecos donde una vez debieron de ir encastrados los marcos de las ventanas desmesuradamente agrandados, desangelados, como enormes y voraces bocas desdentadas. Ni siquiera hay techo. Pero en esa inmensidad limitada por muros desarrapados estás tú. Me sonríes, te sonrío, me pides que me acerque a ti y convierto los eones en segundos, los necesarios para llegar a tu lado. Te sientas junto a una columna que yace caída en el suelo, una columna ciclópea, de tal longitud y grosor que es impensable que hubiese podido pertenecer a la casa entre cuyas paredes cansadas nos hallamos. Ni a esa ni a ninguna edificada jamás por el hombre...

No es la única, hay varias más diseminadas allá y acá por el suelo, sin orden alguno. Y en medio, un gigantesco reloj de arena, igualmente abatido en el suelo pero en el que, curiosamente, a pesar de hallarse los dos bulbos en paralelo, la arena va cayendo lenta, implacable, de uno a otro. Me siento a tu lado, sin dejar de dirigir miradas de reojo, un tanto aprensivas, al reloj. Sé que, entre estas paredes, el tiempo sí está transcurriendo; por cada grano de arena que se desplaza de uno de los receptáculos de cristal al otro, una hoja seca, marchita, aparece sobre el suelo, tapizándolo poco a poco. Algunas se mueven, empujadas por ningún viento.

Las estrellas nos contemplan y las contemplamos fijamente, parecieran millones de ojos en el firmamento solo pendientes de nosotros. Me miras, tus pupilas son signos de interrogación, y te explico que nos hablan porque ya nos conocieron, tú y yo en otro lugar, en otro tiempo. Hace tanto ya.... Siento que la casa que se alza entre mis sueños de cada día, la casa de un pasado envuelto por las brumas que sobre él arroja la realidad en que nos desenvolvemos al otro lado de la puerta verde, estuvo ahí, pero ya resulta imposible reconocer este pasado. Ambos lo sentimos como nuestro, pero lo hemos olvidado. Solo nos queda un vacío en el alma, el hueco dejado por lo que existió una vez, un vacío profundo y desolador, desazonante, doloroso, en cuyos bordes se acumulan restos de sueños por cumplir, los despojos de otras verdades oscurecidas por la vida que vivimos al otro lado de la puerta verde.

Sabemos lo que nos están diciendo las estrellas, que ese pasado continúa dentro de nosotros, encapsulado en la fibra más escondida de nuestro ser, y querrías creer que está tan vivo como en los principios de todo lo que es, y que solo duerme, dispuesto a volver a la vida en cualquier momento, pero sabes que en cuanto volvamos a cruzar el umbral no será así. Algún día, en cualquier lugar, dos personas se sentirán. Como nos sentimos tú y como yo. Y volverán a preguntarse el porqué de esa sensación ya conocida. Y así miles de veces hasta que regresemos al lugar de donde vinimos la primera vez, porque en esa primera vez dos eran uno, una sola alma.

Callas, y unes tu silencio al eterno e inmutable del espacio. Y sumo mi silencio al tuyo, y mientras los Señores de Tiempo siguen subiendo y bajando por esas escalinatas y la arena de sus relojes inmóvil, me sumo a ti, hasta formar uno solo, lo que fuimos desde el principio de todo lo que existe. Es apenas un momento, un momento eterno que aúna lo que fue, lo que es y lo que será por siempre. Solo rompen tu silencio y el mío, el del espacio, la música del orbitar de astros y planetas.

Mira, el gigantesco reloj que yacía en el suelo, junto a las columnas, ha terminado de vaciar el contenido de uno de sus receptáculos de cristal en el otro. La arena de los relojes que los encapuchados sostienen en sus manos comienza a moverse. Sé que es la hora de cruzar la puerta verde de nuevo, y a ella me dirijo inevitablemente. Tú no puedes venir conmigo, habrás de cruzarla en otro momento, hacia otro lugar. Al otro lado seguiremos siendo dos, pero dicen las estrellas que una vez solo hubo uno, y quizás en el futuro de aquel pasado vuelva a ser así.

ETINARCADIA Y AVALON