
Pronto terminarán oficialmente en toda España los carnavales, con justa y merecida fama en lugares como Tenerife o Cádiz, pero creo que esa expresión tan conocida con que se encabeza este artículo tiene un trasfondo muy cierto. El carnaval no termina nunca.Estaba recordando ahora un post que leí bastante tiempo atrás en una bitácora cuyo nombre no consigo recordar en estos instantes. Hablaba de las caretas que solemos colocarnos para jugar nuestro rol en la vida, quizás para protegernos de los golpes, hasta que llega un momento en que ya no sabemos qué rostro hay exactamente detrás de esos antifaces. Si es que hay alguno...
Lo primero que la inmensa mayoría se viste en cuanto se levanta es una máscara, para participar en este baile de máscaras que es la vida en sí misma. Abres el ropero y eliges la que toca según la ocasión. Y no es cuestión de hipocresía, sino de educación y de necesidad. Todo son condicionamientos impuestos por la buena educación, el saber estar, lo políticamente correcto, la necesidad de vivir en sociedad sin devorar ni ser devorados, de sobrevivir a veces en un mundo de tiburones donde si no das la impresión de que te los puedes comer a todos te comen a ti, y tienes que enseñar los dientes, aunque sean postizos (pero por Dios, que no se note, o estás perdido)...
En el caso de que quisiéramos dejar de usar esa colección de máscaras que guardamos en el armario, ¿ encontraríamos en nosotros mismos rostro genuino que mostrar...? Y al hilo de la afirmación tajante y convencida de un amigo mío que mantiene que la utopía puede adquirir para muchas personas una corporeidad aún más consistente que la propia realidad, pienso si no será en esa Avalon particular que todos tenemos, ese mundo de ilusiones, sueños y fantasías en que nos refugiamos cuando llueve negro ahí afuera, donde únicamente tengamos un rostro propio.
La utopía quizás se aloje en un mundo más tangible que el que consideramos "de verdad", porque en aquel no existen las trabas y barreras que encontramos en el que habitamos, en el de carne y hueso. El mundo real decide por nosotros, nos esclaviza, pero en ese universo onírico somos nosotros quienes decidimos, somos los dueños de nuestro destino. La verdadera libertad quizás solo se halle en nuestros sueños, solo ahí somos nosotros mismos, sin las caretas tras las que nos obliga a escondernos la sociedad, sin los miedos y las limitaciones que nos crea... ¿Qué es más de verdad, el mundo real o el mundo de la mente, donde damos rienda suelta a lo que de verdad somos, sin tapujos, donde no usamos disfraces porque solo nos contemplamos nosotros mismos, donde dejamos escapar tantas ilusiones y deseos como mantenemos ocultos, asfixiados en la cárcel de lo cotidiano, de lo sensato, de lo convencional, de lo políticamente correcto...?
AVALON






