
"Por 25 centavos de dólar, el artista chileno Francisco Tapia deja que el público le pegue un latigazo con un cable coaxial en la espalda desnuda, donde tiene tatuado el logotipo del Gobierno de Chile, en una bizarra crítica hacia las instituciones gubernamentales y la cultura del país suramericano.
También es posible escupirle por el módico precio de dos dólares. El artista tiene tatuado sobre su espalda la frase 'I love my sponsor' y debajo el logotipo del Consejo Nacional de Cultura del gobierno chileno, en una crítica hacia la falta de apoyo institucional al arte no formal."
Esta noticia, aparecida ayer, le hace a uno cuestionarse dónde están los límites en el arte. Innovar, transgredir, se vuelve cada vez más necesario porque prácticamente todo está inventado ya y en este campo, como en todo, es necesario avanzar. Pero ¿hasta dónde se puede llegar manteniéndose en los límites del arte sin cruzar la barrera que separa a éste del esperpento o de la tomadura de pelo, sin más? Las performances, forma artística que combina elementos del teatro, la música y las artes visuales, se mantienen, en nuestra opinión, en esa delgada franja que separa la genialidad de lo absurdo. Pueden ser r

ealmente innovadoras o una mamarrachada. En una de ellas un coreógrafo
belga, Jan Fabre, un actor se masturba sobre la escena. En otro momento, orina y dirige su miembro hacia el público. Al menos, cuatro mujeres fueron salpicadas. A lo mejor es cuestión de modernidad, pero a mí en concreto no me hubiera hecho ninguna ilusión recibir los fluidos de un señor desconocido, por muy transgresor y novedoso que pudiera resultar el espectáculo, y por mucho simbolismo que tuviera. Más bien me hubiera dado un asco tremendo.
No, ya no no nos estamos refiriendo a las performances, sino a un tipo de "arte" cada vez más en boga: el que practican individuos como Marco Evaristti, un chileno-danés que montó hace varios años una instalación en la que los visitantes podían matar peces apretando el botón de unas licuadoras en las que estaban atrapados, y que fue expuesta, entre otros sitios, en el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago de Chile. ¿Destrozar animales vivos es un arte? Otra de sus exposiciones consistió en una instalación en una galería de Aalborg (Suecia) en la que vendía una decena de albóndigas hechas con su propia grasa, procedente de una liposucción, y envasadas con su foto a unos 4.390 dólares la unidad. Baratitas y además tentadoras, ¿no?

Guillermo Vargas Habacuc, costarricense, el pasado mes de agosto cazó a un perro callejero, lo ató con una corta cuerda a una de las paredes del local de una galería artística de Managua, en una exposición, y lo dejó morir de hambre y sed. Según él, ese acto de cobarde sadismo es arte. Más terrible aún resulta el hecho de que el público pasara junto al animal, lo viera agonizar lentamente y nadie hiciera nada por terminar con aquel abominable acto de crueldad.
Un "artista" chino, Zhu Yu, come fetos humanos en sus actuaciones... Según él, lo hace por amor al arte. Es lo que en China se conoce como «arte extremo», la última forma de expresión radical para una nueva generación de creadores que han surgido de la sombra de la censura comunista con el lema de «No hay límites».
Uno de los premios más prestigiosos de arte contemporáneo en el mundo, el Premio Turner, dotado con 25.000 libras (35.000 euros), que se comenzó a otorgar hace más de 20 años bajo el amparo de una de las instituciones artísticas más sólidas de Londres, la Tate Gallery, está siempre envuelto en el escándalo y la polémica. Solo hay que ver el tipo de obras que han conseguido alzarse con el galardón. Una de las ganadoras consistía en una habitación vacía, en la que unas luces se apagaban y encendían a intervalos de un minuto. Otra en una vaca cuarteada y metida en cajas transparentes con formol. Otras eran cerámicas vidriosas adornadas con imágenes de abusos sexuales y chistes sobre el mundo del arte. Quizás el caso más escandaloso fue el de una "instalación", como se conoce este tipo de "obra", presentada por una artista llamada Tracey Emin que no llegó a obtener el premio. Lo que llevó a concurso fue un montaje de la cama en la que pasó una semana borracha después de un aborto.

Junto al lecho, dos botellas de vodka y una de zumo, un montón de kleenex sucios, bragas y compresas usadas, un cenicero lleno de colillas, preservativos, tampones, anticonceptivos, gel lubricante, tiritas viejas, un muñeco de peluche... Las sábanas arrugadas estaban estampadas con huellas de neumático, manchas de orín y de otro origen indefinible; el edredón, impregnado de sudor, las plumas escapando de las almohadas... Encima del lecho, un letrero luminoso informaba: «Cada parte de mí está sangrando». En las paredes, algunos de sus dibujos y un tapiz con la palabra «Joder» en lugar prominente.
Quizás cuanto llevamos dicho haga pensar que en esta calle rechazamos de plano el arte contemporáneo, pero nada más lejos de la realidad. Creemos que el arte ha de evolucionar, que hay creadores que tienen espléndidas ideas muy innovadoras y que ofrecen caminos que merecen la pena ser explorados. El body art, por poner un ejemplo, resulta fascinante por la imaginación que se derrocha. Más que arte lo llamaríamos más bien un "objeto estético", pero una de sus vertientes trata temas como la violencia, la autoagresión, la sexualidad, el exhibicionismo o la resistencia corporal a fenómenos físicos.

Así , el cuerpo puede estar transformado por un disfraz, ser utilizado como instrumento o unidad de medida, agredido o puesto a prueba hasta los límites del sufrimiento. El principal exponente de esta vertiente era Rudolf Schwarzkogler, un alemán que en 1969 se amputó centímetro a centímetro el pene mientras un fotógrafo registraba la acción.
En fin, la lista es larga, pero van desde la pantomima cómica hasta lo que podríamos casi considerar sicopatías peligrosas.
Se entiendan o no, las artes contemporáneas convocan muchedumbres. Eso dicen las cifras de asistencia a los salones y museos, donde las formas no tradicionales de arte ya son la regla y no la excepción. Para algunos es señal de que existe un fuerte consenso con respecto a qué llamamos arte hoy. Aquello que en círculos más conservadores puede parecer incomprensible, el público lo recibe con curiosidad. Lo que nos preguntamos nosotros es qué busca la gente qué va a ver este tipo de espectáculos. ¿Sensacionalismo? ¿Sensaciones fuertes? En la noticia que abría este post se citaban las palabras que decía una madre de familia a su hijo luego de pagar por dar un latigazo doble a Francisco Tapia:
"
Pégale, pégale, desquítate. Acuérdate de alguna cosa fea que te haya pasado. Pero pégale fuerte". Nos parece terrorífico que una madre anime a su hijo a desplegar toda la violencia que es capaz de engendrar azotando a alguien que, por otra parte, resulta ser un completo desconocido para el chico.
Pero dejando ya de lado los aspectos morales, que evidentemente los hay, lo cierto es que se camina por senderos inciertos donde el "todo vale" se ha convertido ya en consigna. O se hace una criba, o va a terminar siendo necesaria una redefinición del arte.
AVALON Y ETINARCADIA