miércoles, 10 de septiembre de 2008

LA PALABRA QUE SE DESTEJE

Hoy, como hace 4 años....

Cuando vienes a mí pequeño,
barquito de papel a la deriva de tus aguas quebradas,
querría encontrar la palabra, contarte que un hombre
ha de tener forzosamente momentos
en que se sentirá débil, tendrá miedo,
se creerá perdido en medio de un oleaje
que rompe contra él con una fuerza inusitada,
cargada de violencia...

Baten contra ti las iras de las aguas bravas,
pero sabe que no barquito de papel
pero roca eres, alta, orgullosa, incierta,
eternamente erguida ante la furia de las olas.

Quisiera decirte que es la
esencia pura de la vida estar vivo,
y sentir en un extremo u otro de la cuerda
que no podemos más, para luego
saborear una felicidad efímera.

Cuando vienes a mí pequeño,
querría encontrar la palabra
que haga asomar luna y estrellas en tu noche
que rompa los hielos de tu alma,
que ahonde en los fríos de tu invierno...

Pero huye la palabra en las alas del crepúsculo
que te envuelve,
la hace yerma el salitre del negro mar
que amortaja tus caminos...
Mejor destejer la palabra, y tejer con sus letras
sonidos, risas, soles, lunas y estrellas.


AVALON

lunes, 25 de agosto de 2008

EL TREN


Sombras blanquinegras, casi fantasmales, envuelven el andén vacío y desangelado en que me encuentro. Los únicos signos de vida somos el vientecillo delgado y helador que corretea por entre las pilastras y las vías del tren, emitiendo silbidos que casi se confunden con los de éste, y yo. Me estremezco, y sé que no es por el frío.

El tren se acerca, lo oigo traquetear sobre los hierros. Es el que estoy esperando. O más bien, el que me espera. No quiero subir, tengo miedo de lo que hay dentro, del destino al que se dirige, pero cuando se detiene ante mí y la puerta de su único vagón se abre, mi mano ase con fuerza la barandilla y me obligo a subir los escalones, uno a uno. He de hacerlo, no hay escapatoria.

En el interior todos los asientos están ocupados por mí, excepto uno: el mío. Un vagón al completo con todos los Etinarcadias que viven dentro de Etinarcadia. Me miro uno a uno, rostros distintos pero con las mismas facciones, mis facciones, que clavan en mí sus ojos y proyectan en mi alma todas las tormentas que los sacuden y los llevan a la deriva a ellos.

En el último asiento pegado a la ventanilla, se acurruca el miedoso. Siento su rabia, la tristeza que le ahoga, ese ligero temblor interior que no le permite relajarse nunca, la mirada perdida en algún lugar más perdido aún de su mente. Lo miro y me veo, y me remuevo inquieto, desasosegado, en mi asiento.

Aparto la vista de él rápidamente, aunque siento la suya clavada en mí, y la dirijo hacia otro lado. Allí está el misionero, el soldado, el guerrillero, el revolucionario que quiso salvar al mundo y no hizo nada. Otra vez la mente me mantiene lejos pero inmóvil.

Continúo buscando un rostro más amable, pero ahí está el sumiso que a todo dice que sí, sin ni siquiera pensar en él mismo. A su lado, el cobarde que se oculta en una falsa bondad o tal vez no tan falsa. No, no es tan falsa, ambos lo sabemos, pero le gusta castigarse, castigarme.


Ahora me veo de pie, rabioso, con los ojos enrojecidos y lleno de ira. Otra mirada y nace una sonrisa forzada, de metal, teatral y fría.

Por fin un grupo alegre riendo de verdad, música, lápiz y papel, vino... Me miran y se desvanecen en el aire. Los llamo desesperado, pero apenas se materializan de nuevo unos segundos para volver a fijar sus ojos en mí y desaparecer de nuevo.

Ninguno de esos Etinarcadias separa su vista de mí, algunos me amenazan, otros me sonríen. Un mar de gestos, miradas, sentimientos, pensamientos, blancos y negros. Y entre todo ello, yo. Qué complicado analizar este ir y venir vertiginoso, qué difícil mirarme a mí mismo y a la vez que fácil reconocerme en todos ellos.

"Esto no lo quiero, esto sí, esto no, esto sí......"


Pero ¿qué me está pasando? ¿Acaso no soy todo lo que estoy viendo? El pánico me invade repentinamente, me doy cuenta de que este tren me está quitando la vida, casi todo en él es tristeza y dolor. Yo no soy así. Que alguien me ayude, quiero escapar de esta mentira de mí mismo. Estoy solo con todos ellos y el tren sigue su camino, sin paradas, sin apeaderos, acelerando la velocidad con destino a ninguna parte.

ETINARCADIA

martes, 12 de agosto de 2008

LA PUERTA



La puerta es verde. Extraño color para una puerta... Querría cruzarla y no me atrevo, no sé dónde me lleva, es posible que al mismísimo infierno. Pero el verde es el color de la esperanza, saco valor de mis bolsillos, mi mano agarra el pomo con fuerza y abro.

Cruzo el umbral y solo hay gris, un inmenso y plano vacío gris que todo lo ocupa y parece flotar en la nada. Pero sobre esa nada, cubriéndola, se extiende hasta el infinito una bóveda oscura,inmensa, tan cuajada de estrellas como una noche de verano. El miedo desaparece para dar paso a la sensación de que conozco ese cielo, de que él me conoce a mí, de que no solo he estado ahí antes, sino de que ahora me encuentro realmente en casa. Recuerdos de un pasado incierto se agolpan en mi mente, pugnando por decirme algo al oído, en susurros sin voz. Me hablan de algo que no conozco, que no entiendo, pero que en algún recóndito lugar de mí sé lo que es. Un pasado que dice que es mío, aunque no forma parte de mi memoria al otro lado de la puerta, y quiero creer que es así, necesito creerlo, volver a un principio, a un pasado, tal vez a un futuro que ya he vivido y añoro profundamente.

Te siento... Siento tu presencia, sé que estás ahí. Miro a mi izquierda; de la nada gris emerge ahora una escalinata que no comienza ni termina en ninguna parte. Son las que Kronos cincelara en los principios de todo lo que existe. Figuras altas, enjutas, envueltas en negras túnicas, cabezas y rostros encapuchados, suben o bajan majestuosos, lentos, los escalones. Son los Señores del Tiempo. La arena de los relojes que llevan en la mano permanece en el bulbo de cristal superior del artilugio, ni un solo grano cae en el inferior.

Más allá, tan lejos que podría tardar eones en llegar pero tan cerca que las veo casi al lado, débilmente iluminadas por una claridad crepuscular, mortecina, que no sé de dónde sale, se levantan a duras penas unas paredes de lo que pudo haber sido una casa, casi un palacio, unas paredes rotas, con los huecos donde una vez debieron de ir encastrados los marcos de las ventanas desmesuradamente agrandados, desangelados, como enormes y voraces bocas desdentadas. Ni siquiera hay techo. Pero en esa inmensidad limitada por muros desarrapados estás tú. Me sonríes, te sonrío, me pides que me acerque a ti y convierto los eones en segundos, los necesarios para llegar a tu lado. Te sientas junto a una columna que yace caída en el suelo, una columna ciclópea, de tal longitud y grosor que es impensable que hubiese podido pertenecer a la casa entre cuyas paredes cansadas nos hallamos. Ni a esa ni a ninguna edificada jamás por el hombre...

No es la única, hay varias más diseminadas allá y acá por el suelo, sin orden alguno. Y en medio, un gigantesco reloj de arena, igualmente abatido en el suelo pero en el que, curiosamente, a pesar de hallarse los dos bulbos en paralelo, la arena va cayendo lenta, implacable, de uno a otro. Me siento a tu lado, sin dejar de dirigir miradas de reojo, un tanto aprensivas, al reloj. Sé que, entre estas paredes, el tiempo sí está transcurriendo; por cada grano de arena que se desplaza de uno de los receptáculos de cristal al otro, una hoja seca, marchita, aparece sobre el suelo, tapizándolo poco a poco. Algunas se mueven, empujadas por ningún viento.

Las estrellas nos contemplan y las contemplamos fijamente, parecieran millones de ojos en el firmamento solo pendientes de nosotros. Me miras, tus pupilas son signos de interrogación, y te explico que nos hablan porque ya nos conocieron, tú y yo en otro lugar, en otro tiempo. Hace tanto ya.... Siento que la casa que se alza entre mis sueños de cada día, la casa de un pasado envuelto por las brumas que sobre él arroja la realidad en que nos desenvolvemos al otro lado de la puerta verde, estuvo ahí, pero ya resulta imposible reconocer este pasado. Ambos lo sentimos como nuestro, pero lo hemos olvidado. Solo nos queda un vacío en el alma, el hueco dejado por lo que existió una vez, un vacío profundo y desolador, desazonante, doloroso, en cuyos bordes se acumulan restos de sueños por cumplir, los despojos de otras verdades oscurecidas por la vida que vivimos al otro lado de la puerta verde.

Sabemos lo que nos están diciendo las estrellas, que ese pasado continúa dentro de nosotros, encapsulado en la fibra más escondida de nuestro ser, y querrías creer que está tan vivo como en los principios de todo lo que es, y que solo duerme, dispuesto a volver a la vida en cualquier momento, pero sabes que en cuanto volvamos a cruzar el umbral no será así. Algún día, en cualquier lugar, dos personas se sentirán. Como nos sentimos tú y como yo. Y volverán a preguntarse el porqué de esa sensación ya conocida. Y así miles de veces hasta que regresemos al lugar de donde vinimos la primera vez, porque en esa primera vez dos eran uno, una sola alma.

Callas, y unes tu silencio al eterno e inmutable del espacio. Y sumo mi silencio al tuyo, y mientras los Señores de Tiempo siguen subiendo y bajando por esas escalinatas y la arena de sus relojes inmóvil, me sumo a ti, hasta formar uno solo, lo que fuimos desde el principio de todo lo que existe. Es apenas un momento, un momento eterno que aúna lo que fue, lo que es y lo que será por siempre. Solo rompen tu silencio y el mío, el del espacio, la música del orbitar de astros y planetas.

Mira, el gigantesco reloj que yacía en el suelo, junto a las columnas, ha terminado de vaciar el contenido de uno de sus receptáculos de cristal en el otro. La arena de los relojes que los encapuchados sostienen en sus manos comienza a moverse. Sé que es la hora de cruzar la puerta verde de nuevo, y a ella me dirijo inevitablemente. Tú no puedes venir conmigo, habrás de cruzarla en otro momento, hacia otro lugar. Al otro lado seguiremos siendo dos, pero dicen las estrellas que una vez solo hubo uno, y quizás en el futuro de aquel pasado vuelva a ser así.

ETINARCADIA Y AVALON

viernes, 20 de junio de 2008

Y SIN EMBARGO, ESPERANZA


Esta es la primera vez que se publica algo en esta calle sin que haya dado primero su visto bueno Etinarcadia, que, además de boss mandón y un poquito gruñón, ha sido siempre el alma de Quimera. Ni siquiera sabe aún de la existencia de estas líneas... Están aquí para agradeceros de corazón a todos que no hayáis dejado de dar vida con vuestras palabras y vuestros pasos a esta callecita, a pesar de lo silenciosa y taciturna que está últimamente.

La última vez que nuestra entrañable Malena pasó por ella nos decía entre bromas y veras que esperaba que pronto se restableciese la normalidad y que todo volviera a ser como siempre. Y ahora mismo no es posible... Este blog es un proyecto conjunto, la materialización de una antigua quimera de juventud de un valenciano y de una idea descabellada que una vez le propuso en un mail a una amiga suya sevillana: componer poemas juntos. Por Dios, si la sevillana no escribía desde que era chica... Pero nos pusimos a ello casi como un juego, un par de años después nos decidimos a asomarnos a la blogosfera, y nació Calle Quimera.

Calle Quimera es el resultado de llamarnos por teléfono, preguntarnos qué vamos a publicar, elegir tema, enviarnos por mail lo que cada uno ha escrito sobre ello a ver si al otro le parece bien, corregirnos mutuamente el texto que se decide postear, pelearnos entre risas porque uno dice que sobra tal frase o cual palabra y el otro insiste en que no, repetirlo y retocarlo de nuevo hasta que queda a gusto de los dos, buscar fotos, música, volver a pelearnos y a reírnos, elegir las imágenes y la canción definitivas...

Y todo eso falta en estos momentos. No corren buenos tiempos para mi compañero, no, y hace ya semanas que le resulta imposible prestar su atención a esta tarea. Yo podría seguir en solitario, es cierto, pero entonces este blog sería otra cosa. Avalon solo es Avalon, y Avalon sin Etinarcadia jamás podría ser Calle Quimera porque Calle Quimera somos dos, y ahora mismo le falta el alma: Etinarcadia. Y un blog sin alma no es el proyecto que habíamos concebido. Por eso, cuando él esté en disposición de volver, se encenderán de nuevo las farolas de esta callecita.

Pero Malena, nuestra okupa oficial por derecho propio, había pedido en su última intervención "un poquillo de "pan" literario", y no se le puede negar nada a alguien que lo da todo y más, como ella hace. Y he pensado en este poema que escribí hace algún tiempo para quien desde que llegó a mi vida se convirtió en el mejor de los amigos.

Gracias nuevamente, Alberto, Raúl, Allan, Antifaz, Enmascarado, Raizen, Vizconde, SCD, Miguel, María, Manuel R. y Manuel T., Raizen, Ashbless, Sluagh, Jassy, Victoria, Trini, Viento, y a todos esos que ya no nombro porque la lista es larga. Gracias a los que habéis ido llegando en estos últimos días, como Patricia Gold, Peletero y otros a los que las circunstancias actuales no nos han permitido atender debidamente. Gracias porque absolutamente todos, sin excepción alguna, habéis aportado en algún momento sin saberlo una de esas sonrisas que se dibujan por dentro y caldean el alma. Cuando este blog pueda volver a llamarse de verdad Calle Quimera, estaremos de nuevo aquí. Espero que muy pronto.


Por ti, Malena. Para ti, Etinarcadia.


Y SIN EMBARGO, ESPERANZA

Se hilvanan las últimas sombras nocturnas

con las que anteceden al alba,

y un día sucede sin apenas frontera a otro día,

en un continuo implacable donde

se amasijan, informes, la noche y la madrugada,

la jornada de ayer, la de hoy y la de mañana,

que desvivo a empujones de autómata inercia,

de tenaz apatía.

El ruido de las máquinas de mi fábrica se confunde

en infernal y oscura mezcolanza

con el del reloj que ejecuta las horas, los meses, los años,

con el sonido del corazón, que ejecuta mi vida...

Hasta mi prisión de plazos, facturas,

de cansancio infinito que nunca se acaba,

llega el vago olor de la apenas vida que me alcanza,

el eco lejano de las risas de mis hijos,

los recuerdos de lo que no he vivido...

En la sala de espera, los libros que quiero leer,

los poemas que mi mente sólo alcanzó a pergeñar,

la tarde de miércoles de cine y palomitas,

ese viaje que siempre dejo para mejor ocasión...

Lo único cierto, el crujir de mis días arrugados y tirados

a la papelera, como periódicos viejos.

Seis de la mañana.... Como Lázaro, levántate y anda.

Pero siempre... siempre, resiste la esperanza.



Todo irá bien, compi. Y ya lo sabes... amunt, siempre amunt, ¿de acuerdo? Que no me entere yo de lo contrario...


AVALON





viernes, 6 de junio de 2008

ÁNGELES


Cuando era pequeño todas las noches hablaba con Dios y con mi Ángel de la guarda. Noche tras noche, con una tenacidad que ahora me parece hasta conmovedora. Pero aquello se convertía en un monólogo puro y duro. No había respuesta. Jamás la había.


Aquel silencio, tan pertinaz como mi empeño, provocó que con el paso del tiempo esos monólogos fueran a menos. Noches que sí, noches que no....Todavía hoy espero una respuesta clara, o aunque no sea clara, una simple palabra, una señal, algo... Pero parece ser que la cobertura no es muy buena aquí abajo. O allá arriba, no sé. No he visto ningún Ángel en mis noches de desesperación, ni una simple huella que seguir, ni un solo indicador que me conduzca a algún lado lejos de este desierto en que camino en círculos, nada.


De un tiempo a esta parte ya no busco nada especial, mágico, solidario o sincero en el cielo, creo incluso que he perdido sus señas, ahora mi mirada se dirige a la tierra que piso. Y algo sorprendente ha ocurrido. Continúo sin hallar las señales que tanto pedí, pero esos seres divinos con los que de pequeño deseaba entablar conversación y amistad ahora mismo están a mi lado. No llevan alas, pero su bondad, humildad, capacidad de sacrificio y amor hacen que vuelen permanentemente en mi corazón. El único milagro que los reviste es ser como son: de verdad, de carne y hueso. Buenas personas que de alguna manera ya se han convertido en verdaderos ángeles para mí. El primero, sin duda, tú, Avalon. No hay palabras en este mundo que puedan expresar lo que eres. Otros ángeles se han acercado a mí últimamente aunque de algunos solo conozca su voz virtual. Personas como Malena, Raúl Junquera, Alberto López....y una brujilla que vuela en su escoba por otros cielos me han devuelto la Esperanza.

Esta noche volveré a rezar.



ETINARCADIA

domingo, 1 de junio de 2008

PARA TI, QUE ACABAS DE CUMPLIR 25 AÑOS


En la calle dormida se arraciman las sombras nocturnas, hendidas apenas por la vacilante luz de las farolas y por el neón de los luminosos de algunos establecimientos. Solo el lejano ronroneo de
un coche, quizás el ladrido de un perro o el estridente y triste ulular de una sirena, rasgan la urdimbre del silencio que envuelve la ciudad. Calma y quietud. Dentro y fuera de la casa y del alma, soledad descolorida, ni siquiera engañada por el sonido acompasado del reloj, el latido del corazón del tiempo. De ese tiempo que se desliza entre sus agujas y entre nuestros dedos, hecho montoncitos a nuestras espaldas.

Y entonces lloras, lloras por esas primaveras y veranos sepultados en un marchito otoño que ya solo dora las hojas de los árboles, haciéndolas caer mientras reverdece las de tus recuerdos. Sobre todo las de esos que no quisieras que siguieran ahí. Lloras por todo aquello que ya solo vive en la memoria de tus pupilas, entre los pliegues de sonrisas borradas hace tiempo. Por los sueños que te permitió concebir el ángel que te maldijo, por lo que pudo haber sido y nunca fue.

El parpadeo de la pantalla del ordenador, quizás la del móvil, se abre paso a través de tus lágrimas. Después de todo, tu soledad no era tan sola, alguien está contigo -tan lejos, tan cerca...- a esas horas en que tus cuatro paredes son todo el mundo. Y sus palabras mudas, esas que lees en la pantalla del ordenador, quizás en la del móvil, acallan el estruendo del silencio de la noche, y de fondo escuchas cantar a alguien, no sabes si en Sierpes o Plaza Nueva. Puede que en Floridablanca, puede que en Morvedre...

"Compartir en la noche un momento, compartir en silencio
el deseo de vivir."


Sí, esas horas en que la ciudad duerme son un buen momento para compartir silencios, palabras y desde luego el deseo de vivir. Para recordarte que vivir nunca puede ser una condena, que si un sueño se perdió al doblar una esquina, tras la próxima aparece otro, que si miedos y frustraciones espantan deseos, es mucho peor no temerle a la muerte por carecer de ellos. Que jamás debe llegar el momento en que necesites comprar recuerdos de recuerdos que deseaste que fueran tuyos, recuerdos de lo que nunca viviste, porque siempre existe la posibilidad de diseñar el resto de tu vida.

¿Oyes la canción..?

"Quiero ser un vagabundo más, tapado por estrellas
que alumbran mi ciudad.
(...)
Compartir en la noche un momento, compartir en silencio
el deseo de vivir.
Me da igual cantar en Sierpes que en la Plaza Nueva."


Vivir al fin y al cabo es vagabundear bajo las estrellas de tu ciudad, callejear entre miedos, dudas, sonrisas, amor, alegrías, rabia, dolor... y esperanza. Y cantar. Que nunca nos falte el poeta que canta. Estoy segura de que un buen amigo, el Peletero, nos permitirá apropiarnos en esta ocasión de unos versos suyos:


Cuando el poeta canta es mejor dormir
y soñar,
cuando el poeta canta es mejor callar
y cantar contigo, mujer amada,
mujer asustada.



Y cuando alguien duerme, sueña y canta con la mujer asustada, el miedo se derrite como el hielo.

martes, 20 de mayo de 2008

LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO



Su mano sujeta una jarra de cerveza
sobre la barra de un bar.
Aspira sin ganas el humo de un cigarrillo,
en su pelo asoman, insolentes, las canas.
Ojos enrojecidos por el polvo de su camino,
eterno paseo sin rumbo, errático,
entre el cielo y la tierra,
pisando hierba, deseando estrellas,
interrogándolas en vano.
Su gabardina negra no le protegerá de la lluvia,
negra lluvia que sabe le espera en la calle.
Hoy también se siente cansado.
Todas las puertas están cerradas a su alrededor,
solo quedan abiertas las de tugurios
donde se cobijan almas dolidas.
Incomunicables soledades
le acunan entre música, humo y alcohol,
entre murmullos apagados de risas y conversaciones
borrosas como neblina, resueltas en nada,
que a nada saben, que nada alivian.
Sombras velan su mirada azul,
fuerzan sus labios flaca sonrisa,
y en su voz pálida se abre paso a puñetazos
el cansancio del corazón mientras pide la cuenta.
Solo, camina entre la gente,
soledad vacía, sin siquiera eco que acompañe,
eterna en su memoria, soledad....de Dios.
Tristeza infinita en el alma,
sentimientos confusos describiendo círculos
como negros buitres,
preguntas que queman como hierros candentes,
respuestas mudas...
Se aleja su figura menuda, empequeñeciéndose,
resuenan huecos sus pasos por la desangelada calle,
que lentamente le engulle.
Mejor olvidar.
Tabaco y alcohol...