
La puerta es verde. Extraño color para una puerta... Querría cruzarla y no me atrevo, no sé dónde me lleva, es posible que al mismísimo infierno. Pero el verde es el color de la esperanza, saco valor de mis bolsillos, mi mano agarra el pomo con fuerza y abro.
Cruzo el umbral y solo hay gris, un inmenso y plano vacío gris que todo lo ocupa y parece flotar en la nada. Pero sobre esa nada, cubriéndola, se extiende hasta el infinito una bóveda oscura,inmensa, tan cuajada de estrellas como una noche de verano. El miedo desaparece para dar paso a la sensación de que conozco ese cielo, de que él me conoce a mí, de que no solo he estado ahí antes, sino de que ahora me encuentro realmente en casa. Recuerdos de un pasado incierto se agolpan en mi mente, pugnando por decirme algo al oído, en susurros sin voz. Me hablan de algo que no conozco, que no entiendo, pero que en algún recóndito lugar de mí sé lo que es. Un pasado que dice que es mío, aunque no forma parte de mi memoria al otro lado de la puerta, y quiero creer que es así, necesito creerlo, volver a un principio, a un pasado, tal vez a un futuro que ya he vivido y añoro profundamente.
Te siento... Siento tu presencia, sé que estás ahí. Miro a mi izquierda; de la nada gris emerge ahora una escalinata que no comienza ni termina en ninguna parte. Son las que Kronos cincelara en los principios de todo lo que existe. Figuras altas, enjutas, envueltas en negras túnicas, cabezas y rostros encapuchados, suben o bajan majestuosos, lentos, los escalones. Son los Señores del Tiempo. La arena de los relojes que llevan en la mano permanece en el bulbo de cristal superior del artilugio, ni un solo grano cae en el inferior.
Más allá, tan lejos que podría tardar eones en llegar pero tan cerca que las veo casi al lado, débilmente iluminadas por una claridad crepuscular, mortecina, que no sé de dónde sale, se levantan a duras penas unas paredes de lo que pudo haber sido una casa, casi un palacio, unas paredes rotas, con los huecos donde una vez debieron de ir encastrados los marcos de las ventanas desmesuradamente agrandados, desangelados, como enormes y voraces bocas desdentadas. Ni siquiera hay techo. Pero en esa inmensidad limitada por muros desarrapados estás tú. Me sonríes, te sonrío, me pides que me acerque a ti y convierto los eones en segundos, los necesarios para llegar a tu lado. Te sientas junto a una columna que yace caída en el suelo, una columna ciclópea, de tal longitud y grosor que es impensable que hubiese podido pertenecer a la casa entre cuyas paredes cansadas nos hallamos. Ni a esa ni a ninguna edificada jamás por el hombre...
No es la única, hay varias más diseminadas allá y acá por el suelo, sin orden alguno. Y en medio, un gigantesco reloj de arena, igualmente abatido en el suelo pero en el que, curiosamente, a pesar de hallarse los dos bulbos en paralelo, la arena va cayendo lenta, implacable, de uno a otro. Me siento a tu lado, sin dejar de dirigir miradas de reojo, un tanto aprensivas, al reloj. Sé que, entre estas paredes, el tiempo sí está transcurriendo; por cada grano de arena que se desplaza de uno de los receptáculos de cristal al otro, una hoja seca, marchita, aparece sobre el suelo, tapizándolo poco a poco. Algunas se mueven, empujadas por ningún viento.
Las estrellas nos contemplan y las contemplamos fijamente, parecieran millones de ojos en el firmamento solo pendientes de nosotros. Me miras, tus pupilas son signos de interrogación, y te explico que nos hablan porque ya nos conocieron, tú y yo en otro lugar, en otro tiempo. Hace tanto ya.... Siento que la casa que se alza entre mis sueños de cada día, la casa de un pasado envuelto por las brumas que sobre él arroja la realidad en que nos desenvolvemos al otro lado de la puerta verde, estuvo ahí, pero ya resulta imposible reconocer este pasado. Ambos lo sentimos como nuestro, pero lo hemos olvidado. Solo nos queda un vacío en el alma, el hueco dejado por lo que existió una vez, un vacío profundo y desolador, desazonante, doloroso, en cuyos bordes se acumulan restos de sueños por cumplir, los despojos de otras verdades oscurecidas por la vida que vivimos al otro lado de la puerta verde.
Sabemos lo que nos están diciendo las estrellas, que ese pasado continúa dentro de nosotros, encapsulado en la fibra más escondida de nuestro ser, y querrías creer que está tan vivo como en los principios de todo lo que es, y que solo duerme, dispuesto a volver a la vida en cualquier momento, pero sabes que en cuanto volvamos a cruzar el umbral no será así. Algún día, en cualquier lugar, dos personas se sentirán. Como nos sentimos tú y como yo. Y volverán a preguntarse el porqué de esa sensación ya conocida. Y así miles de veces hasta que regresemos al lugar de donde vinimos la primera vez, porque en esa primera vez dos eran uno, una sola alma.
Callas, y unes tu silencio al eterno e inmutable del espacio. Y sumo mi silencio al tuyo, y mientras los Señores de Tiempo siguen subiendo y bajando por esas escalinatas y la arena de sus relojes inmóvil, me sumo a ti, hasta formar uno solo, lo que fuimos desde el principio de todo lo que existe. Es apenas un momento, un momento eterno que aúna lo que fue, lo que es y lo que será por siempre. Solo rompen tu silencio y el mío, el del espacio, la música del orbitar de astros y planetas.
Mira, el gigantesco reloj que yacía en el suelo, junto a las columnas, ha terminado de vaciar el contenido de uno de sus receptáculos de cristal en el otro. La arena de los relojes que los encapuchados sostienen en sus manos comienza a moverse. Sé que es la hora de cruzar la puerta verde de nuevo, y a ella me dirijo inevitablemente. Tú no puedes venir conmigo, habrás de cruzarla en otro momento, hacia otro lugar. Al otro lado seguiremos siendo dos, pero dicen las estrellas que una vez solo hubo uno, y quizás en el futuro de aquel pasado vuelva a ser así.
ETINARCADIA Y AVALON