jueves, 18 de diciembre de 2008

LAS OTRAS CARAS DE LA NAVIDAD



Es la Navidad
De los niños pobres.
Agujeros en las mangas,
Mugre entre los dedos,
Hambre de animal herido,
Festejan el nacimiento.
No hay globos
Ni regalos.
Una hoguera
De cuatro leños mojados
Calienta sin ganas
La navidad de los niños
Pobres.
No muy lejos,
Las risas y los juegos
Alumbran el pesebre.
Nadie pregunta
Cómo son los niños
Pobres.
No gusta
Que les muestren
Sus miserias.
Prefieren,
En la misa de
Medianoche,
Iluminar el sagrario
Con velas de colores.

Fernando Giucich (De su poemario: Clara)


Las viejas maderas crepitan junto a los cartones ardiendo. La noche es fría, y allá en el limpio cielo las estrellas titilan, componiendo un mágico decorado.

Manos con guantes rotos dejan ver unos pequeños dedos que se extienden acercándose a la fogata, buscando el calor. En los bolsillos, un trozo de pan mordisqueado, con olor al queso, que hace tiempo desapareció.

Se oyen canciones que rompen el silencio de la noche, y la curiosidad infantil le hace ir en pos del lugar donde suenan.

En aquella vieja calle hay una luz encendida que sale de un escaparate. Junta su nariz al frío cristal, que se humedece con el vaho de su boquita, y contempla maravillado todo lo que en sus sueños cada noche imagina poseer.

Malena





Bajarás la calle con los pies helados
Llevando en tus manos el trozo de pan
Y en la plaza vieja del árbol de fuego
El cielo y los sueños
Te harán capitán
De un barco velero con alas de seda
Repleto de cuentos donde navegar
Siguiendo la estela de la luna blanca
Lograrás el puerto
Es
La Navidad.




El Viento en la Isla.



Alguien mira sonriente al niño, sentado en el cuerno blanco de la luna.

Durante un buen rato ha estado soplando suavemente, para que el aire llevase al pequeño sus palabras disfrazadas en los copos de nieve que caen, en las notas musicales de las risas y en el pentagrama de las canciones que resuenan por la calle.

El chicuelo no sabe por qué, pero mientras encamina sus pasos a la plaza vieja lleva grabada en su retina la imagen de un barco velero que vio en el escaparate, casi oculto entre mil juguetes. Sus ojos se abren con infinito asombro al ver junto al árbol de fuego un enorme barco, réplica perfecta del otro.

El hombre de la luna sopla de nuevo y la nave se eleva, una vez el niño a bordo, surcando aires y nubes, alto, alto, cada vez más alto. La cola de un cometa estrellado aparece repentinamente ante la proa, y por ella desciende la nave hasta aterrizar frente a un humilde pesebre.

Sobre una sabanita, entre pajas, duerme un bebé al cuidado amoroso de sus padres, de un buey y una mula que con su aliento, intentan defender el cuerpecito infantil del frío intenso. La temperatura es muy baja, no hay juguetes, ni globos, ni velas de colores, ni el bebé ni sus padres visten ropas bonitas y abrigadas, pero los labios del niñito dormido se curvan en la más bella sonrisa que nadie haya visto, y la de sus padres, al contemplarlo, no lo es menos.

El barco comienza a balancearse, y el pequeño se apresura a subir. De regreso, en la plaza del árbol de fuego, corre apresurado hacia el escaparate. Su vista escudriña cada uno de los mil juguetes que se muestran ante él, pero… por ningún lado ve lo que busca: una sonrisa. No hay ninguna en la tienda. De repente repara en el reflejo de su propio rostro en el cristal, y es entonces cuando advierte que sus labios dibujan una sonrisa, y que era tan bonita como la de aquel bebé.

Por alguna razón cuando el pequeño se alejaba del escaparate el frío era menos intenso en la noche.

Avalon y Etinarcadia (Calle Quimera)




Por las frías avenidas van caminando, pero no les preguntes ni de dónde vienen ni a donde van.
Caminan por sobrevivir. Mientras caminan, saben que están vivos. Sus pasos les llevan, y un instinto casi animal les hace buscar cobijo.

Una chabola destartalada les llama la atención. Dentro hay luz y cuando llegan a la puerta del chamizo se les ensancha la sonrisa. La luz proviene de una hoguera encendida, y en torno a ella, niños y adultos extienden las manos. No es necesario insistir, dónde caben cinco caben siete y todos se apretujan un poco más, que de cuerpo con cuerpo nace el calor.

Las trémulas llamas ponen en sus mejillas color, mientras sus ojos brillan con un oscuro calor.
Atraviesan con su mirada las llamas y descubren el silencio que impera allá. Una mujer muy joven y tímida mece en sus brazos a un rorro mientras los demás le acunan con su silencio a su alrededor.Lo envuelve en una raída toquilla, y cerca del fuego lo deposita en un amplio cesto de mimbre.

Es Navidad.

Federico (Quizá soñar)



Sigue la noche, el frío arreció y las estrellas juegan con el crepitar de las maderas, pero alrededor de la hoguera no hay nadie ya.

El barco no vuela atravesando el cielo, los niños de la calle continúan en aquella chabola dando su calor al bebé que nació y que duerme tranquilamente en los brazos de su madre, que lo mira con amor. Calor junto a calor. El padre saca de su vieja mochila, embutidos y pan, que comparten con ilusión.

Las barrigas agradecidas hacen que los ojos se vayan lentamente cerrando. Cuerpos contra cuerpos dan siempre calor. En sus mentes hay barcos que cruzan el espacio. Jóvenes capitanes que los tripulan por un camino cuajado de estrellas.

Sonrisas inocentes en sus labios y corazones llenos de emoción. No hay luces en sus árboles, ni bolas de colores, ni espumillón.

Sólo una vida por delante y un futuro en el que creen que serán capitanes de veleros, y lo conseguirán, y nosotros lucharemos para que algún día puedan decir a sus hijos con un barco de juguete en las manos:

- “Uno de éstos, en una fría noche de diciembre, tripulé yo”.

- “Hijo mío: ¡Feliz Navidad!”

Malena (El Tintero de China)

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Fernando Giucich, Elsa (El Viento en la Isla), Avalon y Etinarcadia(Calle Quimera), Federico (Quizá Soñar) y yo, Malena (El Tintero de China), con nuestras manos unidas a pesar de las distancias, os abrazamos con calidez y os deseamos una Feliz Navidad, con todo nuestro corazón.

martes, 9 de diciembre de 2008

CÍRCULO CERRADO



Ves difusos los contornos de tu vida,
tan difusos que ni siquiera se perfilan
vagamente los de mañana por la tarde.
Ya no haces planes. Tantas veces sueños traicionados...
Recoges la última hilacha de ti misma,
que malcolgaba del ajado y triste perchero,
y la metes en la maleta.
En tu bolsillo, un pasaje al paraíso: a Tahití. Como Gauguin...
Dejarlo todo e irse. Quemar tu última bengala.
Escapar del caos, del marasmo que te asfixia,
del nicho de tu soledad,
en busca de algo a lo que llamar vida.
Hay en aquellos que se van una huida de sí mismos,
pero los fantasmas de la memoria,
aquellos que nunca llegaron al cementerio del olvido,
viajan confortables en el equipaje.
Lo fundamental persiste. Nada cambia.
El paisaje viste, pero no nos viste de nada que no fuéramos.
Lo esencial permanece. Lo mismo en Tahití que en París...
Huyes de ti en alocada y ciega carrera hacia ti misma,
sin entender que somos círculos cerrados,
sin escapatoria. Condenados a nosotros mismos.


Hay quien se va para descubrir y descubrirse, y quien lo hace para huir de sí mismo, olvidando que esto no suele servir para mucho, que en la maleta se nos cuelan lo recuerdos, los miedos, todo cuanto nos atormenta y que pensamos poder dejar atrás al cambiar de paisaje. La geografía de nuestro interior no cambia, sigue siendo la misma por muy lejos que nos vayamos.

Viajar en pos de uno, nunca huir de uno...

miércoles, 3 de diciembre de 2008

EL VUELO DEL ÁGUILA




Un pez en busca de un río, un alumno sin guru… Así se define Ashbless en su perfil y así es él, alguien que busca, como todos, su sitio en el mundo y aprender lo necesario para hallar ese sitio. El camino nunca es recto, ni llano, hay multitud de trochas y revueltas por donde perderse hasta volver a encontrar de nuevo el rumbo; aprender de forma autodidacta siempre es duro, pero es la única forma. La introspección no es siempre el método infalible para disipar incertidumbres, para espigar de entre aciertos y errores aquello en que realmente acertamos y fallamos para que nos sirva de brújula, pero Ashbless persiste en el empeño, en su aprendizaje, en su buceo interior para hallar la dirección correcta, alguna lucecita que la ilumine de vez en cuando. Como esta, “El vuelo del águila”.
Gracias, compañero y amigo, por permitir que tu águila volase hoy por esta calle.


Otra vez asomo en este blog, como el Guadiana, como el buceador que respira entre zambullidas.

El día a día es un viaje. El camino, tan claro o difícil como escojamos. Y aunque atravesemos los más profundos valles, nos sorprende a veces encontrarnos tan altos como el nido de un águila.

Son momentos de claridad, de lucidez, en que nos podemos orientar y redirigir nuestros pasos. Y así evitar los pantanos y precipicios que ya empezabamos a considerar nuestras mejores opciones. Tras cada uno de estos destellos de luz, intentar traducirlos a palabras es perderlos como arena en el río. Queda apenas una huella, la esperanza de que otra cosa es posible.

Es tan posible forzar esta sensación como acelerar un vagón de metro empujando la pared frontal del compartimento. Solo podemos hacer lo contrario, darnos un respiro, disolver las certezas o temores cotidianos, y así abrirnos a otra realidad además de la inmediata.

En nosotros, en todos nosotros, niños, viejos, valientes y derrotados, existe una extraordinaria capacidad para comprender el mundo, para extraer conclusiones propias, libres de los filtros muertos de los medios de comunicación y las mezquindades cotidianas. Para desnudarnos por un instante de ideas y temores. Para mantener los ojos abiertos cuando la vida nos enfrenta al vértigo de la altura. Cuando somos por un instante águilas.

Ya sea en la parada del bus, el duelo por una pérdida, el vacío del éxito o la derrota, tus ojos pueden abrirse, en lugar de permanecer cerrados, atados a los objetos más cercanos. No temas al vértigo, no te matará, solo te mostrará lo que no imaginaste, lo que es también cierto.

Que siempre hemos sido águilas.

ASHBLESS (http://laultimapartida.blogspot.com/)

lunes, 1 de diciembre de 2008

COMPAÑERA




Abrázame, solo te pido eso, tu piel en la mía, en mí. No me dejes solo, tengo miedo de Ella y la puerta está abierta.

Tiene la llave, la tiene hace mucho tiempo, desde que empecé a mirar la primera estrella, y no sé por qué, pero jamás se atrevió a utilizarla. Cuando quiso entrar cometió el error de llamar antes, y ahora le hablo cara a cara. Se ha convertido en la compañera de la mayoría de mis sueños, me dice que también está enamorada y grita al viento por vivir. Conoce toda la verdad y todavía tiene dudas, no sabe quién es. O no quiere saberlo. A veces, sentados ante una mesa, vaciando botella tras botella de vino conmigo, ríe, ríe, ríe, ríe sin risa... Se desprende de la máscara tras la que se me muestra para revelarme su rostro, su alma, pero bajo esa solo hay otra máscara, y otra, y otra... Y con ninguna de ellas puede evitar del todo que se trasluzca el hueso bruñido, las cuencas vacías de sus ojos, mientras no para de reír y de decirme que me necesita para vivir.

Yo tampoco sé quién soy, Quijote o Sancho, héroe o villano, tampoco sé cuántas máscaras llevo. Pero poco importa quién seas cuando ella te mira a los ojos, te besa, te abraza y te lo dice en tono lapidario............se acabó.

Abrázame fuerte, solo te pido eso, tu piel en la mía. No me dejes solo, tengo miedo de Ella y de mí, y la puerta está abierta. No sé cuántas máscaras llevo, ni si bajo la última solo hay hueso bruñido, las cuencas vacías de mis ojos. No dejes que entre esta vez.

ETINARCADIA